La Iglesia en la Encrucijada

Debates en Democracia
UPDATED: octubre 29, 2018
Jesús está llamando desde dentro, para que le dejemos salir de esta Iglesia llena de corrupción y suciedad
Francisco. Dublín, Irlanda. Agosto de 2018

La cuestión de los abusos sexuales, ligados a abusos similares de autoridad y conciencia, tiene larga data. Las primeras investigaciones ordenadas por conferencias episcopales se ubican en la segunda mitad de la década de 1970 en Estados Unidos, a comienzos del pontificado de San Juan Pablo II. Sin embargo, el asunto ha escalado a proporciones de crisis en este último año al juntarse cuatro situaciones de profundas repercusiones en la Iglesia:  el escándalo en Chile; el informe de un gran jurado del estado de Pennsylvania ―cubriendo más de mil víctimas de trescientos sacerdotes en seis diócesis en un período de setenta años (1948-2018)―; las revelaciones sobre la conducta del arzobispo emérito de Washington DC, el cardenal Theodore McCarrick; y los numerosos casos de encubrimiento relacionados con miembros de la jerarquía, traídos a la luz pública con  ocasión de la visita del papa Francisco a Irlanda.

Los abusos y excesos de McCarrick se remontan a sus años de sacerdote en la arquidiócesis de Nueva York en 1973

El caso del cardenal McCarrick es particularmente escandaloso, según recientes testimonios, los abusos y excesos de McCarrick se remontan a sus años de sacerdote en la arquidiócesis de Nueva York en 1973, continuados durante su carrera eclesiástica por la diócesis de Metuchen, NJ, la arquidiócesis de Newark, NJ, hasta la arquidiócesis de Washington DC, donde recibió el cardenalato. 

Según fuentes confiables del episcopado americano, las debilidades de McCarrick, a quien seminaristas llamaban “Uncle Ted”, eran conocidas. ¿Como, entonces, fue posible su ascenso a los más altos cargos de la jerarquía católica? En curioso corolario, el exnuncio en Estados Unidos, el arzobispo Carlo Maria Viganò, escribió, en once páginas, una denuncia de presunta complicidad del papa Francisco protegiendo a McCarrick. La denuncia de monseñor Viganò ha estado acompañada de una fuerte campaña, a ratos virulenta, desde sectores conservadores y/o reaccionarios del catolicismo, buscando crear condiciones para exigir la renuncia del papa Francisco.

En su gran mayoría, los casos investigados por el gran jurado de Pennsylvania involucran a jóvenes adolescentes y a sacerdotes con diez a quince años de ministerio; esto no es pedofilia. Numerosos ensayos en medios académicos, también artículos en revistas especializadas en temas religiosos, abordan la cuestión de los curas homosexuales. Entre ellos, destaca el del Dr. Daniel Mattson (Penn State U.) quien sostiene:

El hilo conductor de todos los escándalos en la Iglesia Católica, en Estados Unidos, en otros países como Chile, Irlanda, Honduras, es la homosexualidad activa en seminarios y sacerdocio; hay un problema con sacerdotes homosexuales, cuya tendencia hace particularmente difícil vivir las exigencias del celibato. 

En esta misma línea, el obispo suizo Marian Eleganti O.S.B., en declaraciones en su diócesis de Chur, el 31 de agosto pasado, afirmaba: “Los escándalos y las ocultas dificultades para sacarlos a luz, indican la existencia de clérigos homosexuales y sus redes en las estructuras de la Iglesia, aún en los más altos niveles”.

Tal vez el más contundente análisis del tema estuvo hace un par de semanas en la revista de asuntos religiosos First Things, en un artículo ampliamente divulgado por medios electrónicos, el padre Dominic Legge O.P., profesor titular en la Facultad de Teología de la Pontificia UC/USA, expone:

Se han detectado redes de sacerdotes homosexualmente activos, se protegen y promueven entre ellos, apoyan a quienes en la Jerarquía los toleran

El problema radica en sacerdotes homosexualmente activos. La mayoría de los sacerdotes infieles a su voto de celibato por relaciones con mujeres, eventualmente dejan el sacerdocio para casarse; pero sacerdotes traicionando su celibato con relaciones homosexuales continúan viviendo dobles vidas […]. Se han detectado redes de sacerdotes homosexualmente activos, se protegen y promueven entre ellos, apoyan a quienes en la Jerarquía los toleran; constituyen un problema de mayor envergadura cuando llegan a posiciones de poder en seminarios, cancillerías diocesanas, hasta en la Curia romana, así sucedió con Theodore McCarrick.

La visita del papa Francisco a Irlanda deja, sin lugar a duda, una Iglesia al final del camino de las disculpas, de proclamar su dolor y su vergüenza. Ha llegado la hora de actuar; en la forma, en los hechos, aquí se juega el legado de su pontificado al papa Francisco. Sin perjuicio de cuanto pueda venir de Roma, los laicos deben manifestarse sin complejos. En este sentido, bien vale formular algunas propuestas.

Es evidente la necesidad de simplificar el ejercicio del episcopado. La Iglesia heredó de su contacto con el Imperio Romano primero, después con el Sacro Imperio Romano Germánico, formas imperiales de organización y conducta de su jerarquía. La Contra Reforma ligada al Imperio español, luego a Francia con el cardenal Richelieu, reforzaron esas estructuras. Es necesario volver a la simplicidad de la Iglesia fundacional y sus padres. Los obispos no necesitan vivir en mansiones alejadas de sus catedrales diocesanas; deben revisarse los títulos distanciadores de sus fieles y de los sacerdotes bajo su autoridad, prescindir de su eminencia, su excelencia, todos deben ser padres como lo fueron san Pedro y san Pablo. Por ejemplo:  padre Fernando Chomalí, arzobispo de Concepción. Los padres se relacionan con sus hijos y hermanos de manera diferente a como lo hacen los emperadores con los súbditos.

El obispo debe celebrar la misa solemne dominical en su catedral diocesana, la prédica desde su cátedra es una de las más importantes comunicaciones con su feligresía. Un obispo es pastor de los pastores a su cargo, debe conocer bien a cada uno de los sacerdotes de su diócesis, y las parroquias respectivas.

El celibato en su actual dimensión está destruido. Los actos delictuales cometidos por algunos pedófilos y numerosos curas homosexuales ―y por aquellos en posiciones de jerarquía encubriéndolos― han terminado por destruir una norma inviable. Corresponde dar por terminado el celibato en su forma exclusiva y excluyente de acceso al sacerdocio. Abrir las puertas del ministerio sacerdotal a seminaristas que una vez ordenados puedan casarse. Además, se podría recibir de regreso a muchos sacerdotes de entre quienes dejaron la Iglesia porque se enamoraron y se casaron. De todas maneras, el celibato deberá mantenerse. En una institución de las características de la Iglesia Católica, siempre habrá aquellos haciendo la opción por la vida célibe, particularmente en las órdenes. 

Otro paso necesario debe ser instituir el diaconado femenino. En sus tiempos fundacionales, la Iglesia tuvo diaconisas, así lo indica san Pablo en su Primera Carta a los Corintios. Actualmente, en numerosas parroquias, mujeres cumplen labores cercanas a las de los diáconos, lo hacen muy bien.

En el caso de Chile, la Santa Sede necesita ejecutar, pronto, el anunciado recambio episcopal. El bochorno del arzobispo de Santiago imputado nunca debió suceder, era previsible habida cuenta de fiscales jóvenes, ambiciosos, en busca de su página en los libros de historia. Es incomprensible la permanencia en el país del nuncio Scapolo, uno de los responsables del desastre.

 

MARTÍN POBLETE PUJOL
Profesor de Historia, Universidad de Chile
Ejerció en Rutgers, universidad del Estado de New Jersey, Estados Unidos
Director del Seminario Latinoamericano de Columbia University en la Ciudad de Nueva York (1997-2009)