La dimensión ambiental en Eduardo Frei Montalva

Debates en Democracia
UPDATED: julio 18, 2018

Emiliano Ortega Riquelme
Ingeniero agrónomo de la Universidad de Chile, doctor en Economía Rural de la
Universidad de Montpellier, ex Ministro de Agricultura

De manera progresiva, el desafío ambiental está en el centro de las preocupaciones de la humanidad y también en los diferentes niveles de conciencia, tanto personales, comunitarios como societales. Las manifestaciones evidentes de los efectos del cambio climático, de la pérdida de biodiversidad, de la degradación de la naturaleza y de los incontrolados procesos de contaminación, han motivado no solo inquietudes, sino también esfuerzos y acuerdos con el propósito de cambiar las tendencias vigentes.


A partir de estas consideraciones, quisiera rescatar en el pensamiento y la obra del presidente Frei Montalva, su temprana y notable conciencia ambiental, junto con algunas de sus decisiones y políticas para enfrentar realidades sobre las cuales había que romper tendencias y conductas ancestrales. Rescatar su visión ambiental tiene sentido si es que, al hacer una relectura de ella, se nos revelan aspectos desconocidos y olvidados que puedan motivarnos y convocarnos a un compromiso ambiental cada vez más amplio y más profundo.

Don Eduardo poseía una visión ecológica integral que lo conducía a la convicción que había que reformar las relaciones sociales en el campo, para desarrollar una nueva forma de vinculación con la tierra, es decir, con el espacio de lo viviente.

Su aproximación a estos temas se origina muy tempranamente, según confiesa él mismo en sus Memorias, ya que se fue formando desde los años de su niñez, mientras vivía con su familia en la Viña Lontué, en el pueblo del mismo nombre: “Siempre he sentido que me quedó algo profundo de esos primeros años de mi niñez, algo que no podría expresar, una especie de arraigo a la tierra, que me hace mirar el paisaje chileno, sus campos, sus ríos torrentosos, sus árboles, sus animales, como algo que forma parte de mí mismo”. Para don Eduardo, Lontué fue, en cierto sentido, lo que Montegrande fuera para Gabriela Mistral. Ella, nacida en Vicuña, señala que: “La aldea de casi toda mi infancia se llama Montegrande… lindas cosas de él guardo y riego en mí, y tantas son ellas como para que yo lo declarase mi lugar de nacimiento. Porque allí nací, al amor de la tierra, del cual vivo todavía”. Tanto en don Eduardo como en Gabriela, por haber vivido su niñez en ambientes rurales, se generó un arraigo a la tierra y a la naturaleza. En ambos se desarrolla un aprecio singular por la cultura rural, es decir, por esas formas de vida que nacen de la relación de los humanos con la tierra. Ambos piensan que hay que cambiar el maltrato que se ha dado históricamente a los ambientes naturales, construyendo una nueva manera de convivir con la naturaleza. Las relaciones con el espacio geográfico han sido irreverentes y degradantes. Don Eduardo poseía una visión ecológica integral que lo conducía a la convicción que había que reformar las relaciones sociales en el campo, para desarrollar una nueva forma de vinculación con la tierra, es decir, con el espacio de lo viviente.


El presidente Eduardo Frei reconocía que, de su paso por la Escuela Pública de Lontué, guardó “una imagen feliz e imborrable de su directora, de sus profesoras y de sus compañeros, todos hijos de pobres campesinos. Los amigos que frecuentaba eran los hijos de otras familias dueñas de tierras o administradoras de fundo. Sin embargo, y a pesar de haber convivido con ellos, no me han dejado en la memoria una huella igual a quienes ocupaban los bancos de la pequeña escuela rural”. En Lontué surgió no solo su amor a la tierra, sino que su aprecio por los hijos de modestos campesinos y su conocimiento del sistema patronal y de inquilinaje. Tanto en él como en Gabriela, se genera un sentido crítico respecto a las estructuras y a las instituciones agrarias, proclamando reiteradamente la necesidad de restructuraciones y reformas, las cuales se llevaron a cabo desde su gobierno.


Como líder político, Eduardo Frei denunciaba, con gran pasión, la destrucción de los bosques y de la tierra. En 1951, al menos en dos ocasiones, denunció en el Senado los procesos erosivos de los suelos: “La erosión ha destruido provincias enteras ante las miradas impasibles de los gobiernos” (Sentido y Forma de una política).


Antes que se generalizara el concepto de cambio climático, Frei Montalva se refería a él de la siguiente forma: “La disminución de las lluvias, la sequedad atmosférica, las ardientes temperaturas cuya continuidad no se conocían, son todos resultados de la presencia del desierto en los límites mismos de Santiago”.


Pensando en las potencialidades de los recursos naturales del país, afirmaba, en 1937, en su libro Chile Desconocido, que el país debiera hacer un cambio en las estructuras productivas en el campo que le permitieran desarrollar actividades como la fruticultura, la viticultura y la silvicultura, cuyas dimensiones económicas podrían ser mayores que las que ofrecía el salitre. En Eduardo Frei encontramos la fuerza de su denuncia junto con la voluntad de avanzar en el desarrollo de potencialidades propias de los recursos naturales de Chile. Estos temas estaban entrecruzados permanentemente con sus ideas de justicia social, de desarrollo económico y participación política. Le duele la autodestrucción que los chilenos han practicado sobre el cuerpo de la patria, pero le duele aún más el mal subyacente, una suerte de cultura de la destrucción. “Y si a esto le pudiéramos poner un nombre, diría que da la apariencia de una insensatez nacional” (discurso en el teatro Windsor al lanzar el Plan de Reforestación y la Campaña del Árbol). Interpretando las causas de procesos de degradación tan importantes para el futuro de la humanidad, sostenía que la sociedad de consumo se ha convertido en una excitación de apetitos cuya satisfacción lleva a un inimaginable derroche de los recursos de que dispone el planeta, a veces hasta el límite de su destrucción, en beneficio de una parte reducida de la población mundial, y a expensas del capital básico de la humanidad entera y de la miseria de grandes extensiones geográficas y humanas.


De hecho, en su texto de 1973, llamado “La crisis de una civilización”, señalaba que “están cambiando los términos de los problemas y pasan a ser básicos algunos que no eran ni siquiera presumibles hace algunos años. Muchos de ellos desbordan los límites tradicionales de cada nación, para adquirir proyecciones planetarias. Este es el caso, por ejemplo, de la ya citada contaminación atmosférica, y del abuso y peligro de extinción de los recursos naturales no renovables, bienes que son patrimonio de la Humanidad, y que pueden destruirse o agotarse sin que se hayan ideado aún sistemas eficientes para normalizar y controlar la acción aniquiladora de parte de quienes los explotan”. Amplía los términos del tema ambiental a una aproximación más profunda de crítica a la civilización moderna y su afán de crecimiento sin consideración a sus consecuencias ambientales.


Su sentido ecológico y ambiental fue expresado en forma de síntesis, con una fuerza y elocuencia sin parangón, en su mensaje a los jóvenes al finalizar en Santiago la Marcha de la Patria Joven, el 21 de Junio de 1964, en el entonces Parque Cousiño ante casi medio millón de asistentes. Se dirige a la multitud con notas poéticas que muestran no solo sus convicciones, sino que sus compromisos y anhelos. A la columna de jóvenes que marchaba desde las regiones australes hasta Santiago, les decía: “Ustedes, muchachos del sur, con sus canciones han conmovido a las viejas araucarias y a los viejos alerces, cuyos troncos calcinados parecen a los viajeros, cementerios de héroes antiguos. Traen ustedes en su mirada los lagos, los ríos y los bosques, y en sus manos, los frutos de nuestra tierra. Ustedes han venido flanqueados por dos compañeros, la cordillera y el mar, que nunca abandonan al chileno. Y ustedes nos traen una lección, la lección de esta tierra, de este territorio chileno que nos ama, que busca y espera nuestro amor, como un gran amor, como un gran amigo”.


En la misma ocasión, presentó los ejes de su pensamiento ambiental, que a manera de proclama señala las respuestas que el país debiera dar: “¿Qué nos dice la tierra chilena? Cuídenme, para que yo no me vaya hasta el mar, y se queden ustedes sin territorio que cultivar. ¿Qué nos dicen los ríos? Sujétenme, porque cada litro de mi agua es para fecundar su tierra. ¿Qué nos grita el árbol? No me quemen, no me destrocen inútilmente, porque hay muchos años en mi corazón para servirte, para traerte lluvia, para sujetar desiertos, para regular tus ríos”.


El tema del árbol, de los bosques naturales y de la reforestación, en la obra de Eduardo Frei, aparece casi como una obsesión. Desde su gobierno, se aborda este tema con un sentido de cruzada, a partir de la convicción de que se necesitaba con urgencia un cambio cultural. En un llamado dirigido a los niños en el Parque Bustamante en 1965, el Presidente Frei les dice: “Crezcan junto al árbol, crezcan junto a millones de árboles, y cuando crezcan ustedes verán crecer su patria. Los países crecen hacia arriba, hacia arriba como crece el hombre crece el árbol, y así como cuidamos de la vida humana, cuidemos la vida del árbol que es como la vida de la tierra chilena”.

Es una excepción entre los líderes políticos, el llamado a amar la tierra y cuidar del territorio, con la fuerza y la urgencia que un proyecto país amerita.

La reiteración del concepto del árbol para don Eduardo conlleva un sentido metafórico, en el cual la imagen del árbol representa los ecosistemas del cual el hombre es parte; imprimiendo al mismo tiempo una fuerte crítica a lo que podría ser llamado una “antropología de la destrucción”. Es una excepción entre los líderes políticos, el llamado a amar la tierra y cuidar del territorio, con la fuerza y la urgencia que un proyecto país amerita. Lamentablemente, con el paso de las décadas, se ha deformado y debilitado la imagen del árbol a la cual aludía. Pasó de ser un elemento estructurante de los ecosistemas, a tener en nuestros días un sentido casi exclusivamente económico.

Para abordar concretamente este tema, se puso en marcha la Campaña del Árbol y el Plan de Reforestación. En esa ocasión, Frei realiza un llamado: “Todos los pueblos de la tierra defienden su patrimonio y su patrimonio es la tierra y el agua, y la tierra y el agua dependen del árbol. Si les enseñáramos a los niños en las escuelas menos fechas que se olvidan, pero les enseñáramos el amor al árbol, y si en las poblaciones les enseñáramos a cuidarlos y a los campesinos a plantarlos”, ciertamente, se valoraría de mejor manera nuestro entorno y la misma naturaleza sería un eje fundamental para nuestro desarrollo. En torno al árbol y a los bosques, se realizó una verdadera movilización de los más variados estamentos de la sociedad, desde los niños a los educadores, jóvenes, pobladores, campesinos, profesionales, empresarios, Fuerzas Armadas, intentando forjar un cambio cultural.

En los seis años de gobierno, acompañado por el ministro Hugo Trivelli, se hace un esfuerzo gigantesco, desarrollando una cadena de viveros modernos que permitió la plantación de 500 millones de árboles, entre especies exóticas y endémicas. En forma complementaria se puso en marcha un sistema integral para la prevención y control de incendios forestales, incorporando el combate aéreo de los mismos. Además, en torno a la conservación, protección y desarrollo de los ecosistemas, la acción pública alcanzó grandes magnitudes, ya que se incorporará al Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado más de un 12% del territorio nacional, con un total de 8.520.000 hectáreas. De norte a sur, se crearon parques nacionales y reservas forestales, cuadruplicando la superficie cubierta por el Sistema antes mencionado. Hoy día ha ido creciendo el aprecio por esos espacios naturales, donde los ecosistemas ofrecen oportunidades de convivencia con la naturaleza y con los paisajes que ofrece nuestra geografía.

Otra de las dimensiones centrales de la política ambiental, durante el gobierno de Eduardo Frei, fue la valoración de los recursos hídricos y el desarrollo del regadío. Su compromiso en este ámbito se había expresado ya siendo ministro de Obras Públicas en el gobierno del presidente Ríos, en el año 1945. Posteriormente, en el período 1964-1970, la construcción de infraestructura para el regadío alcanzó cifras sin precedentes, aumentando las áreas regadas, dando mayor seguridad de riego a 342.000 hectáreas. Con anterioridad a su gobierno, en todo el siglo XX, solo se habían incorporado al regadío alrededor de 140.000 hectáreas.

No parece prudente para los efectos de este artículo extenderse con más antecedentes y cifras sobre el enorme sentido ambiental en el pensamiento y la acción del presidente Frei Montalva. Lo previamente vertido resulta contundente y esclarecedor en torno al tema. Si estas líneas tienen alguna justificación, no son solo para recordar o rendir homenaje, si no, para dejar testimonio de cómo el conocimiento profundo del país, de su geografía, recursos y gentes, unido a una enorme convicción y voluntad, permiten abordar temas tan complejos y extensos como lo son los desafíos ambientales presentes y futuros.

El 2015, en la carta encíclica Laudato si’ del papa Francisco sobre el cuidado de la casa común, documento que aborda el tema ecológico y ambiental desde los más variados ángulos, el santo padre señala que salir del espiral de autodestrucción en el que nos estamos sumergiendo exige superar el drama del inmediatismo político, y dice: “La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en una proyección de nación”. Siento que Eduardo Frei Montalva tuvo el coraje de pensar y de actuar más allá del inmediatismo y nuevamente nos convoca a sueños aparentemente imposibles.