Elecciones en México: las paradojas del segundo lugar

Internacional
UPDATED: julio 14, 2018

CARLOS CASTILLO
Director editorial y de cooperación institucional de la Fundación
Rafael Preciado Hernández y director de la revista Bien Común

No es este el único aspecto inédito de las campañas que se desarrollan desde el pasado 30 de marzo, y que iniciaron con los procesos internos partidistas desde el 13 de diciembre. Ocurre, además, que será la primera vez que ninguno de los partidos que contienden acudirá solo a la elección por la presidencia del país. En lugar de esto, se conformaron tres grandes alianzas que agrupan a las nueve fuerzas políticas con representación nacional.

Así, hay una terna de candidatos que compiten por ocupar la titularidad del ejecutivo nacional: Andrés Manuel López Obrador, quien postula por su partido; Morena, coaligado con el conservador de derecha Partido Encuentro Social y con el Partido del Trabajo, de extrema izquierda; José Antonio Meade, que lo hace bajo las siglas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), acompañado por los Verdes (PVEM) y Nueva Alianza (cercano al sindicato de maestros); y Ricardo Anaya, postulado por el Partido Acción Nacional (PAN), el centro-izquierda de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano, que ha crecido desde hace seis años a expensas del voto que abandona al propio PAN.

Esta novedosa configuración de la geografía partidista va acompañada, además, por el hecho de que, también por primera vez, las candidaturas independientes tendrán sitio en la boleta electoral con dos representantes: Margarita Zavala, expanista y esposa del presidente Felipe Calderón (2006-2012), y Jaime Rodríguez, “El Bronco”, expriista y gobernador del estado de Nuevo León, la tercera economía nacional.

Lo anterior, si bien es un cuadro simplificado del contexto general en que se desenvuelve el proceso electoral 2017-2018, aspira a ser la síntesis de una serie de factores que hacen que el resultado final de estas campañas sea de pronóstico reservado. Aun cuando las encuestas aparecidas hoy, 19 de mayo, presentan a López Obrador a 20 puntos de distancia tanto de Anaya como de Meade, que compiten por el segundo lugar desde el inicio de la contienda, presentando una escasa variación en cuanto a preferencias.

La estabilidad de los números que arrojan los estudios de opinión realizados hasta el momento debe aún soportar las consecuencias de dos debates entre candidatos, así como la reciente aparición de una serie de mensajes que apunta a descarrilar al puntero, comparándolo —y en muchas de sus propuestas, con razón— con el venezolano Hugo Chávez, y que muy probablemente se intensificarán conforme transcurran las semanas.

No obstante, es importante conocer cómo es que a poco más de un mes de concluir las campañas, se vive un escenario donde cada vez se percibe con mayor claridad entre la ciudadanía el que López Obrador se alzará con el triunfo, tanto en la presidencia como en un Congreso donde, también de acuerdo con estudios demoscópicos, la alianza que encabeza lleva ventaja. El presente ensayo tiene, pues, como intención recorrer los antecedentes principales y las situaciones que se han desarrollado para que un mensaje de tintes populistas, mesiánico en no pocas de sus manifestaciones, así como una serie de propuestas encaminadas a un estatismo cerrado, cuenten hoy con el respaldo mayoritario de la población.

El fenómeno López Obrador y el error estratégico del PAN

La estrategia no ha estado exenta de desplantes y deslices, sin duda, pero es quizá el factor que más ha servido al candidato de la alianza que encabeza Morena para conseguir algo que no había logrado en las dos ocasiones anteriores que se postuló por la presidencia de México (2006 y 2012): aparecer como alguien capaz de sumar aliados que incluso sostengan ideas contrarias a su proyecto.

Así, tránsfugas de otros partidos, relegados en el reparto de escaños, indignados por el maltrato de dirigentes, entre otros, todos son bienvenidos a una campaña que, además, reparte candidaturas locales a todo aquel que se acerca a su causa, ya sea con votos, el prestigio de un nombre, la solidez de una carrera política o la posibilidad de sumar nuevos adeptos de otros partidos. La fórmula es efectiva y sirve, además, para resarcir la imagen de un político que se ha adueñado del discurso antisistémico y ha sido capaz de capitalizar el descontento y decepción que existe entre nuevos y viejos votantes respecto de la clase gobernante, que oscila entre el PAN y el PRI desde el año 2000.

El Partido Acción Nacional, por su parte, ha resultado poco efectivo para desarrollar una campaña que ofrezca resistencia a ese discurso maniqueo, simplista y demagógico..

Esta condición ha llevado a que las descalificaciones —por incluir entre sus filas a personajes de reputación cuestionables (líderes sindicales corporativistas o sospechosos de compra flagrante de votos), por sus propuestas anacrónicas o francamente absurdas (autonomía alimenticia, centralidad del petróleo en manos del Estado), por contradicciones o pleitos que luego deben ser aclarados por sus voceros (desencuentros con empresarios, descalificación de la sociedad civil), o incluso por la beligerancia de muchos de sus seguidores (lenguaje verbal violento tanto en redes como en la calle)— se conviertan, todas, en críticas que poco afectan su popularidad, su expansión y su estabilidad en preferencias, y que poco afectan una campaña que, en suma, resiste bien cualquier señalamiento e, incluso, se fortalece a partir de la descalificación por parte de sus oponentes.

Al final, prevalece el sentir de que esa “mafia en el poder” que tanto ha señalado López Obrador (integrada por el PRI, el PAN y ahora el PRD) es la culpable de la corrupción, la violencia y todos aquellos males que encarnan en su discurso a aquellos que ya han gobernado el país o alguno de sus estados (Morena, por ser un partido de reciente creación, y aunque se conforme de cuadros provenientes de otras fuerzas políticas, no tiene aún representación en gobierno estatales).

El Partido Acción Nacional, por su parte, ha resultado poco efectivo para desarrollar una campaña que ofrezca resistencia a ese discurso maniqueo, simplista y demagógico. Aliado con fuerzas que representan posturas opuestas en no pocos temas torales de la agenda tradicional del partido, el desdibujamiento ideológico ha restado votos que la suma de nuevos partidos no parece compensar. Esto, aunado a un proceso interno para la selección de candidaturas que, por primera vez en décadas de historia, prescindió de prácticas democráticas, y que concluyó en una elección partidista que tuvo un solo candidato en la boleta —lo que se repitió en prácticamente la totalidad de procesos locales—, generó una debilidad interna que se refleja con claridad en las encuestas, y que, si bien no propició, como se esperaba en algún momento, una fuga masiva de militantes, sí parece, hasta el momento, afectar seriamente las preferencias electorales.

Otro hecho a destacar, por parte de Acción Nacional y sus aliados, es una estrategia electoral que desde el principio eligió mal a sus contrincantes. Esta llevó a que Ricardo Anaya buscase aprovechar el descontento que existe entre la ciudadanía frente al desempeño del PRI en el gobierno. Si bien este camino se antojaba atractivo para capitalizar ese amplio enojo social, resultó a todas luces insuficiente por dos motivos principales. Primero, que Anaya, como diputado y presidente del Congreso entre 2012 y 2015, fue aliado del presidente Enrique Peña Nieto y su partido en la construcción de acuerdos y reformas legislativas. Segundo, que López Obrador ha sido crítico acérrimo de esas reformas (las que abren a la competencia el sector hidrocarburos y telecomunicaciones, y buscan el profesionalismo magisterial en el sector educativo), lo que le hace beneficiario del mensaje de opositor y deslegitima el espacio que Anaya ha intentado, sin éxito, ocupar en la narrativa electoral.

De este modo, pretender que desde el inicio quedase definida la elección entre PAN y Morena (recuérdese que en México no hay segunda vuelta o ballotage), llevó a Anaya a centrar sus ataques contra el partido que postula a José Antonio Meade, lo cual hizo que durante meses el discurso se enfocara en consolidarse como el mejor segundo lugar, en el intento de dejar al PRI en un lejano tercer sitio. Sin embargo, hoy, cuando la estrategia es atacar a López Obrador, la falta de una distancia clara entre ambos segundos lugares lleva a un empate técnico y a la cada vez más extendida percepción de que ha llegado a su techo de votación.

En resumen, el Partido Acción Nacional perdió a su voto duro por las alianzas que tejió su candidato. No ha compensado esa pérdida con la suma de partidos que se reunió en torno suyo (del PRD, cabe recordar, salió hace cinco años López Obrador, llevándose consigo la mayor parte del voto perredista). Tiene fracturas internas que no ha podido sanar su actual dirigencia. Equivocó su estrategia inicial y los tiempos de la campaña. Y centra todo el actual esfuerzo en presentar a Ricardo Anaya bajo distintivos como: juventud, cercanía con las nuevas tecnologías y una política “distinta” y fresca. Estos, no obstante, ante su dispersión temática de propuestas, son rasgos que no han sido suficientes para situarlo con claridad como alguien a la cabeza de un proyecto que busca transformar de raíz un sistema político a todas luces estancado, desprestigiado e incapaz de traducir los avances macroeconómicos en beneficios directos y tangibles para la población. Es decir, a un mes y medio de las elecciones, su principal atractivo pareciera ser el ser, al menos en el discurso —que no en las encuestas—, aquel capaz de “detener” a López Obrador.

El factor PRI

La designación de José Antonio Meade como candidato buscó ofrecerle al electorado en general un perfil lejano a la base tradicional del priismo, incluso que no milita en sus filas y cuya carrera ha sido como servidor público en gobiernos tanto panistas como del propio PRI..

Para el análisis de la situación electoral del Partido Revolucionario Institucional, es clave partir de la premisa de que arrastra consigo los resultados de un sexenio que, con Enrique Peña Nieto a la cabeza, se ha distinguido por sus altos niveles de corrupción, la mala imagen del presidente, la desarticulación de una parte de su estructura de base —hoy cercana a López Obrador— y los conflictos internos entre los liderazgos del partido. Esto lleva a que una estructura otrora sólida, que se erigía sobre un voto corporativo que rondaba habitualmente en el 30% de la votación, hoy apenas roce el 20%.

Para paliar estos negativos, la designación de José Antonio Meade como candidato buscó ofrecerle al electorado en general un perfil lejano a la base tradicional del priismo, incluso que no milita en sus filas y cuya carrera ha sido como servidor público en gobiernos tanto panistas como del propio PRI. Estas condiciones, si bien lo perfilan hacia fuera como una alternativa sólida y con capacidad probada en el trabajo administrativo, adolecen de las características de un candidato capaz de hacerse con la votación “dura”, la de los sectores (campesino, obrero, magisterio) que son todavía el mayor apoyo con que cuenta este partido.

No obstante, y ante esta situación de disgregación y debilidad internas, el reciente cambio de la dirigencia priista, así como en la propia campaña, intenta dar un giro que fortalezca las bases durante la última etapa de campaña. Esto, con el objetivo de cerrar filas al interior y, al mismo tiempo, proyectar al candidato como aquel capaz de seguir creciendo en las encuestas, como de hecho ha ocurrido, y a la postre, presentarse como quien pueda captar el voto útil que compita frente a López Obrador, dejando en el camino a Anaya y sumando a quienes ven en Morena el riesgo de una regresión incierta y que compromete una agenda de apertura global.

No está claro que esta meta se pueda alcanzar, pero tal pareciera que la estrategia apunta a que en el último mes de campaña se pudiesen tejer alianzas que, ya sea de manera velada o implícita, sumen en torno a Meade tanto el llamado “voto útil” como el que se ha dispersado en otras fuerzas políticas. Si bien esta hipótesis daría renovados argumentos al discurso anti PAN y PRI de López Obrador, su efectividad como estrategia de suma de apoyos lograría capitalizar aquello que la candidatura de Anaya no ha logrado hasta el momento.

Así, la intención de reducir a solamente dos los competidores para la recta final podría terminar por beneficiar al PRI y su candidato, en detrimento de los esfuerzos realizados desde hace meses por Acción Nacional. Es prematuro aún señalar quién será ese beneficiado, pero sí es posible detectar, ya en este momento, tanto por el mensaje como por las posturas al respecto, que la alianza que encabeza a Anaya ha llegado a un límite y que quien podría, a la postre, proyectar la posibilidad de crecimiento es el propio partido del presidente Enrique Peña Nieto. Se insiste, empero, en que nada está aún escrito y que hay escenarios que podrían cambiar en cualquier momento.

Conclusión

Dos son los hechos principales que, en ese sentido, podrían afectar el desarrollo de la elección: los dos debates que aún se realizarán entre candidatos a la presidencia (20 de mayo y 12 de junio), y la capacidad que se demuestre para construir una narrativa que revierta la tendencia creciente de López Obrador, a través de un discurso del miedo frente a sus propuestas, sus aliados, así como a la cercanía que algunos en su círculo cercano han manifestado frente al chavismo y el gobierno venezolano.

Por lo que toca a lo segundo, si bien esa estrategia ya se utilizó en el pasado —para la campaña de Felipe Calderón en 2006—, la desastrosa realidad del país sudamericano ofrece una serie de argumentos que podrían utilizarse para renovar un mensaje que demuestre los paralelismos entre ambos proyectos y refuerce el discurso del miedo al que ya se han sumado distintos actores del sector empresarial, social y económico.

Los debates son, de igual modo, otro espacio de oportunidad tanto para Anaya como para Meade, y donde López Obrador ha demostrado debilidad, precisamente, por los cuestionamientos directos que surgen ante sus propuestas y sus aliados. En el primero de esos debates, realizado el pasado 22 de abril, fue clara la ventaja que demostró el candidato de la alianza que encabeza el PAN, quien resultó a todas luces vencedor, pero que, de nuevo, por centrarse en atacar al PRI y a su representante, desperdició la oportunidad de exhibir con mayor énfasis las debilidades del representante de Morena. Asimismo, esa victoria no se tradujo en variaciones sustanciales de las encuestas posteriores y sí, en cambio, ofreció a Meade la oportunidad de presentar una oferta económica y social sensata, real y que agradó entre los espectadores.

Hay, además, un factor adicional: las campañas que se desarrollan en el plano local, tanto para renovar los congresos como las gubernaturas. Así, si bien ha sido notorio el crecimiento de López Obrador en lugares donde antaño tenía una presencia marginal (el norte del país, por ejemplo), así como el reforzamiento de su estrategia para impulsar a sus representantes en el interior del país, no debiera escatimarse la generación de un equilibrio en ese ámbito que reste fuerza al candidato de Morena.

Las próximas semanas serán, de este modo, una lucha férrea y compleja entre PAN y PRI por alcanzar el segundo lugar de las preferencias y, de este modo, aparecer frente al electorado como aquel que puede tener la fuerza de reunir en torno suyo a la oposición que busca vencer a López Obrador.

Es un hecho que la geografía electoral mexicana sufrirá transformaciones notorias y, en algunos casos, hasta radicales..

Por otra parte, y más allá del resultado de la contienda presidencial, es un hecho que la geografía electoral mexicana sufrirá transformaciones notorias y, en algunos casos, hasta radicales. Esto debido a que la construcción de alianzas, el vaciamiento de clivajes tradicionales y la formación de nuevos añadidos de intereses y temas llevarán a que el mapa electoral termine por ser uno nuevo, mucho menos ideológico y mucho más pragmático, conformado por elites sumamente móviles y con un alto grado de volatilidad en cuanto a la conformación del Congreso.

México se encuentra, pues, ante un proceso que se antoja como divisorio entre un pasado que sigue vigente y se mantiene al acecho, cercano al estatismo y a la demagogia, y un futuro que, no obstante lo apetecible y deseado, no cuenta aún con la capacidad de construir un consenso que le granjee tanto triunfos electorales como mayorías legislativas, para alcanzar así las transformaciones de fondo que modernicen y hagan más eficiente, transparente y apegado a derecho el ejercicio cotidiano de la política. La moneda sigue pues en el aire y el resultado, a poco más de un mes del primero de julio, sigue siendo incierto.

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