La cosecha de Piñera y la falsa ilusión de la derecha

Debates en Democracia
UPDATED: julio 9, 2018

ERNESTO MORENO
Sociólogo de la Universidad Católica
Doctor en Sociología de la Universidad de Heidelberg

 

Los contenidos valóricos que subyacen a dicho modelo (neoliberal) han sido internalizados por los chilenos, convirtiéndose en pautas culturales que guían significativamente sus conductas y tipifican sus costumbres.

Se ha destacado suficientemente, en diferentes escritos y debates, que hubo factores, emanados del propio gobierno saliente y de la coalición oficialista, que influyeron importantemente en el triunfo electoral de Piñera.

En relación a esto, en artículos anteriormente publicados, describí algunos de los que me parecen más relevantes: errores no forzados de forma y de fondo en la agenda programática del gobierno; descoordinación en la Nueva Mayoría (a modo de casi un remake de lo sucedido en la antesala a la primera elección del actual presidente, el 2010); una mimetización y ausencia del liderazgo de la presidenta Bachelet al comienzo de la gestión, el cual es sobrepasado por su equipo político de entonces (incluido el ministro de Hacienda); los casos de corrupción que comprometen a miembros del gobierno y parlamentarios oficialistas; una deficiente política comunicacional gubernamental; falta de “complicidad” y diálogo entre los actores sociales beneficiados por las reformas y el poder ejecutivo y los parlamentarios y la distorsionadora campaña de la derecha y el gran empresariado contra las transformaciones propuestas en el programa.

Sin embargo, y a propósito del poder comunicacional de la derecha, hay un aspecto que quisiera especialmente destacar en estas líneas, por lo relevante que fue para la cosecha electoral del candidato Piñera y por las implicancias que ha de tener para el desarrollo del gobierno de derecha.

El modelo económico actualmente presente en muchas partes del mundo, que predomina en nuestro país y que la literatura especializada ha sindicado como neoliberalismo, no solo se ha expresado en marcos normativos y legales que condicionan y orientan las acciones de los ciudadanos, sino que, lo que es mucho más preocupante para algunos de nosotros, los contenidos valóricos que subyacen a dicho modelo han sido internalizados por los chilenos, convirtiéndose en pautas culturales que guían significativamente sus conductas y tipifican sus costumbres.

Tal cual lo sentencia el notable filósofo Byung-Chul Han, el neoliberalismo ha logrado instalar que, en una sociedad competitiva individualista y de rendimiento, el mayor o menor fracaso es una cuestión de cada uno y no de la propia sociedad o del sistema. Hay una individualización extrema de cada miembro de la sociedad, que deviene en ser un sujeto de rendimiento (que se explota a sí mismo) y que es lo contrario a la idea de un “nosotros político”.

En el caso de la sociedad chilena, y sin que la ciudadanía muchas veces tenga plena consciencia de ello, la convivencia está marcada por un profundo individualismo. Circula una suerte de fijación por enriquecerse (a menudo “a cualquier costo”). Hay una veneración, que linda con la adoración, al ídolo de la privatización (y lo privado). Y se asume que el tema de la desigualdad es un hecho histórico-fáctico que poco tiene que ver con la justicia.

Todo ello envuelto en el oropel que deleita y que seduce del crecimiento, entendido como condición sine qua non y frontera intransable ante cualquier intento o perspectiva de abordar lo socioeconómico con miradas y propuestas alternativas. Se está en presencia de la reedición de un economicismo que agrede el medio ambiente y es incapaz de adentrarse en una noción más integral y compleja del bienestar.

Una cosa es tener claro la importancia del crecimiento en cualquier sociedad actual, pero otra muy distinta es llevarlo a condición necesaria y suficiente para el bienestar humano..

En efecto, es particularmente este concepto del crecimiento, como centro hegemónico y determinante de todo proceso de desarrollo, y las expectativas absolutamente prioritarias sobre él, lo que la gran mayoría de los chilenos “se han comprado” del discurso piñerista y derechista, transformándolo en una mezcla entre mito y fetiche. “Los chilenos sabemos que un bajo o nulo crecimiento es el principio del fin”, parece rezar el slogan que se ha convertido en el dogma del discurso ideológico y en el “radier” cada vez más trizado de la construcción neoliberal.

Una cosa es tener claro la importancia del crecimiento en cualquier sociedad actual, pero otra muy distinta es llevarlo a condición necesaria y suficiente para el bienestar humano.

Como expresa de manera elocuente Zygmunt Bauman: “Todos (tanto si estamos en la cima como en el escalón más debajo de la sociedad) tendemos a sentir pánico cuando el sacrosanto ‘crecimiento económico’ (la única medida que nos han enseñado como modo de evaluar los niveles de prosperidad y felicidad, tanto sociales como individuales) cae a cero o —¡Dios no lo quiera!— por debajo de cero. […] La Iglesia del Crecimiento Económico es una de las pocas congregaciones —quizás la única— que no parece perder fieles y que tiene probabilidades reales de alcanzar un verdadero estatus ecuménico. La ideología de la ‘felicidad a través del consumo’ es la única que tiene alguna probabilidad de anular, de imponerse a, y terminar con, todas las demás ideologías” (Bauman y Bordoni, 2016).

Es lamentable que gran parte del país haya olvidado algunas consideraciones:

  1. Cada vez es mayor la literatura especializada que muestra que no es cierto que la mayor productividad, la generación de riqueza y la competitividad conduzcan al mayor bienestar humano. Incluso el PIB ya es cuestionado como indicador del desarrollo, ya que se consideran como parte del mismo, actividades que van en contra del bienestar y que son económicamente destructivas. En los hechos, diversos estudios concluyen que el crecimiento económico mejora la situación solo de algunos y empeora las condiciones de vida de amplios sectores de personas y también su entorno natural (Castells y Hinamen, 2016, 96-97).
  2. Es una irresponsabilidad y un trágico error planetario postular el crecimiento y la mayor productividad “urbi et orbi”, habida consideración que, si todos los países del mundo quieren desarrollarse al unísono, a poco andar convertirán este “modelo” en algo absolutamente incompatible con la sustentabilidad del ecosistema.
  3. Esta noción de forzar la naturaleza a seguir impostergablemente el objetivo de más producción y más consumo ha derivado en que el abuso de los países ricos y más poderosos no solo se de en los intercambios económicos, sino también en relación con la utilización de territorios como vertederos de residuos sólidos tóxicos y fábricas contaminantes, lo que es contrario al más básico humanismo. Un ejemplo palmario de lo que queremos decir lo constituye la presencia de la República Popular China en África.
  4. El encandilamiento de los votantes de Piñera por su gestión anterior y el famoso crecimiento económico del país, deja de lado algunos “detalles”: a) entre el 2010 y 2012 el presidente Piñera tiene un altísimo precio del cobre y condiciones económicas internacionales muy favorables (un centavo de dólar de alza de la libra del cobre significan 50 millones de dólares más para el fisco anual); b) a pesar de que la derecha divulgó que el país durante el período 2010- 2014 creció a más del 5% como promedio, en el último semestre de dicha administración, y cuando las condiciones internacionales cambian y baja el precio del cobre, el mandatario entrega el gobierno con solo un 2,7% de crecimiento.

Los tan bullados resultados económicos y de crecimiento del gobierno piñerista están lejos de ser atribuibles a su “gran gestión”.

Esto es lo más parecido a lo que en metodología se designa como un diseño experimental completo (del tipo antes-después), que permite concluir que los tan bullados resultados económicos y de crecimiento del gobierno piñerista están lejos de ser atribuibles a su “gran gestión”, sino más bien son claro resultado de tendencias en el proceso de mundialización de la economía, inherente a la globalización.

En el inicio de su nuevo período, el presidente Sebastián Piñera nuevamente cuenta con la presencia de auspiciosas variables que con una alta probabilidad le permitirán mostrar ufano que “con él los chilenos crecemos”. Lo que, por cierto, él no dirá son tres cosas: que el gran empresariado ya “sacó el pie del freno”; que a fines del 2017 el cobre ya comenzó un período al alza pasando a 3,23 US$ la libra (a comienzos del 2017 era de 2,5 US$); y que ha comenzado el ciclo de recuperación económica mundial del que han hablado todos los expertos, en gran parte resultado de la reanimación del mercado chino.

 No obstante, es más que plausible pensar que será en el eventual éxito de la agenda procrecimiento donde el gobierno y la derecha comenzarán a ver desplomarse sus ilusiones y donde mostrarán sus verdaderas cartas, dejando en evidencia su ideología y proyecto de sociedad.

Porque, si bien es cierto que el crecimiento económico es necesario para cualquier modelo de desarrollo, la concepción un tanto totalizante del mismo, así como su direccionalidad en beneficio de los grupos de mayores ingresos del país, que es la práctica usual de la derecha, dejan absolutamente postergado el desarrollo humano y el bien común para la mayoría de la población. Al respecto, no se puede soslayar, sin más, que en Chile el 30% de los ingresos nacionales se concentra en el 1% más rico (aproximadamente unas 115.000 personas).

Más temprano que tarde, quienes votaron por Piñera y muchos chilenos querrán constatar en qué medida la nueva administración, con su agenda de crecimiento, logra que el país de verdad se desarrolle con justicia social. De qué manera las personas potencian sus capacidades y bienestar. Hasta dónde se reafirma la dignidad de los chilenos a través de la institucionalización de mecanismos de participación ciudadana que les permitan evitar los abusos y acceder a derechos fundamentales. Cuáles son los mecanismos redistributivos que se usarán. ¿Será uno de los principales, como está empíricamente demostrado, el mayor poder de negociación de los sindicatos? Cómo se mantendrán y aumentarán los resguardos de un sistema de protección social. En fin, cuál será el efecto multiplicador en las nuevas expectativas y reivindicaciones de los diversos grupos sociales a medida que se comienzan a sentir los efectos de las significativas reformas del gobierno de Bachelet.

 

BIBLIOGRAFÍA

Bauman, Z. y Bordoni, C. (2016) Estado de crisis. Buenos Aires, Argentina: Paidos.
Castells, M. y Himanen, P. (2016). Reconceptualización del desarrollo en la era global. México.

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